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martes, 27 de abril de 2010


Son años los que llevo consolando a muchas personas que han pasado por mi vida, unas desaparecieron, otras están presentes todavía, e incluso demasiado presentes, pero ahora... ahora el problema lo tengo yo, soy yo el que está por los suelos, el que está derrumbado, roto, hundido, quizá enfadado y decepcionado a la vez, pero nadie me quita las ganas de gritar y rasgarme las cuerdas vocales berreando como un niño.
Sinceramente de nada me sirven mis textos de superación dedicados a personas importantes, a personas que, porque ser modesto, les han servido de mucho, aunque los frutos se dieran a largo plazo... me pregunto porque soy capaz de tranquilizar y aconsejar a otras personas y no puedo descubrir el porque de mis lágrimas; evidentemente se el porque, pero no se como pararlas.
Lo malo, o raro, no se muy bien como definirlo, es la "vagancia" de no luchar hasta el final, de no competir por lo que deseas, de no estar al pie del cañón ante los obstáculos de la vida, pero, siendo honesto, no me importa, no me importa ni un poco porque me has dejado tirado como yo dejo mis cigarros consumidos, no me importa porque quieres desaparecer, no me importa porque me dejas... solo me importa como vas a estar, a reaccionar; me importa la forma en la que va a cambiar tu vida, tus pensamientos, tus ilusiones, tus principios, y, por supuesto, tu fuerza.
Espero que tu camino siga sin problemas, que yo no sea un mal recuerdo, pero quiero que te sientas culpable de no sacar la fuerza necesaria, de buscar una fuerza superior para conseguir superar esto con sensatez y cordura...
La vida da ilusiones y palos, pero siempre en ese orden.
Sinceramente, Carlos.
HALO.

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